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Dom, Abr

Navidad en Honduras

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Monseñor Ángel Garachana ofreció el mensaje de Navidad el pasado jueves 21 de diciembre:

"Les traigo una buena noticia, la gran alegría para todos: hoy les ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor” (cfr Lc 2, 10-11). Acójanla con agradecimiento, créanla de corazón y celébrenla con alegría.
Que las noticias sobre la crisis político-social, la violencia, el fraude o la victoria electoral no nos impidan escuchar el evangelio del Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo; que el miedo y la zozobra, la preocupación y la angustia de quien se siente como en un callejón sin salida no ponga dudas en nuestro espíritu ni apague la esperanza que se renueva por el nacimiento de nuestro Salvador.
Nada ni nadie puede invalidar ni eliminar el Acontecimiento único e irreversible del nacimiento de Jesús, el Cristo y Señor. Nada ni nadie nos puede robar “la inmensa alegría” (Mt. 2,10) del encuentro con el Niño Jesús, ni la experiencia del amor de Dios humanizado en la ternura de ese infante “acostado en un pesebre” (Lc 2,12)
Celebrar cristianamente la Navidad no es olvidar lo que estamos haciendo y padeciendo, no es dar la espalda a nuestra realidad hondureña, no es hacernos insensibles al sufrimiento, ante todo, por los que han muerto en las manifestaciones, por las pérdidas materiales, por el deterioro económico, social e incluso familiar. Más bien, cerca del Niño Jesús, fijos los ojos en Él, meditando en el misterio insondable de la Palabra eterna “hecha carne” (Jn 1, 14) aprendemos a tener sus valores, actitudes, sentimientos y comportamientos y así estamos más motivados, iluminados y fortalecidos para conocer, discernir y transformar nuestra realidad hondureña.
Si el Niño Jesús “nos ha nacido para dilatar su reinado con una paz sin límites afianzada sobre el derecho y la práctica” (Is. 9, 6), celebrar su nacimiento es querer de corazón esa paz y trabajar juntos por su instalación y dilatación, es huir de toda forma de violencia contra las personas y sus bienes y contra la naturaleza.
Si María, la madre, “acostó al niño en un pesebre porque no había sitio para ellos en la posada” (cfr. Lc 2,6-7) y si a los primeros que se anuncia el nacimiento del Salvador es a unos pastores, representantes de los pobres y de los pequeños, comprendemos claramente que estamos llamados a ser pobres como Jesús y a no dejarnos llevar por la avaricia, que es una idolatría; con los pastores, alrededor de la cuna de Jesús, aprendamos a ser compasivos y misericordiosos, a servir y ayudar a los pobres, a buscar su bien y desarrollo según las posibilidades de nuestros recursos, de nuestra profesión social o de nuestro cargo público.
Si el nacimiento de Jesucristo viene también acompañado del abuso de los poderosos y del llanto de los pequeños y de las madres (cfr. Mt 2,16-18), al celebrar la Navidad no podemos hacernos sordos al gemido de los que sufren: enfermos, migrantes, madres que han perdido a sus hijos. “Contemplar el pesebre es también contemplar este llanto, es también aprender a escuchar lo que acontece a su alrededor y tener un corazón sensibles y abierto al dolor del prójimo” (Papa Francisco, día de los Santos Inocentes, 2016).
La Iglesia de Dios que ama y sufre, ora y evangeliza, cree y espera en el departamento de Cortés, se une a los ángeles para proclamar, por el nacimiento de Jesucristo, “gloria a Dios en el cielo y paz en Honduras”.

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